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Justine – I Don`t Care EP [Nein Records](2016)

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El poco recorrido que ha tenido la joven francesa Justine como productora y cantante, es el que quizá obliga a examinar “I Don`t Care”, su último EP, con una cierta prudencia. Producido por el sello de culto británico Nein Records, donde debutó con She’s A Freaks”, EP de un sonido oscuro, contundente y crudo, pero también toda una declaración de intenciones a la inglesa, de cómo la música se puede hacer fuerte a través de sutilezas, y no a través de musculatura, acelerones y gimmicks instantáneos. En “I Don`t Care”, por consiguiente, encontramos un instinto de contención para no dejarse llevar de manera precipitada por el entusiasmo y echar las campanas al vuelo. Se nota que esta productora viene de una tradición muy distinta a la de los productores de su misma generación. Es esa clase de productor que llegó tarde a la música de club y que, paradójicamente, esa carencia se le ha convertido en virtud, pues practica un tipo de sonido contaminado de una energía casi punk, y de la que hace honor en el mismo título del EP: “I Don`t Care”. Un EP compuesto por dos cortes originales que se complementan con dos remezclas. El primer tema, homónimo, se abre de una forma intrigante, lanzando pulsaciones metronómicas, que hacen que la música se mueva alrededor de unas percusiones rígidas y unos synthes galácticos, envueltos en la lyncheana voz de Justine. Por otra parte, “Away” nos propone un viaje hipnótico, con arreglos minimalistas pero muy efectivos, donde las percusiones nos van marcando de forma progresiva una misteriosa dirección, distorsionada por una voz abismal y melancólica, sin necesidad de servirse de un mensaje elaborado, pero confiando en el poder contagioso del groove. La remezcla de NITE-RATE, en cambio, está pensada para una pista de baile palpitante, con el añadido del trash a la francesa, de ritmos crujientes y voces resquebrajadas. Por último, el enigmático Sutja Gutiérrez le añade un corte más experimental e intenso, que completa este recorrido emocional de un EP adictivo, que se apodera de uno como un veneno dulce, y que sin ser nostálgico –pese a recuperar unos métodos que parecían olvidados por la escena electrónica underground–, consigue tener apariencia atemporal.

Si alguien quiere hacer algo bueno, debe aspirar a triturar los lenguajes ya conocidos. Sólo de las ruinas, como aquí hace Justine, puede surgir una nueva electrónica que persiga el futuro.

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