El NOUS volvió a tomar el Château de Bellocq y su bastida medieval como si el tiempo se plegara al pulso de una 808. Tres días, dos escenarios —la plaza de la bastida y la intimidad mineral de las antiguas douves— y un cupo de mil personas por jornada que, otra vez, se quedó corto: sold out como el año pasado. En un suroeste francés abrasado por la ola de calor, el festival reafirmó su escala humana y su ética eco-responsable —fiesta con conciencia, sin postureo—, hasta redondear un fin de semana que mezcló patrimonio, electrónica y comunidad con una naturalidad que otros eventos intentan simular y aquí brota sola.
La edición 2025 (8–10 de agosto) funcionó como un tríptico: apertura de baile y gesto político el viernes; convivencia y descarga maximalista el sábado; cierre familiar y mirada a lo local el domingo. Entre ambos escenarios —la bastida y ese foso de piedra que hace de segunda pista— el relato fue claro: menos gigantismo, más relación. Un festival que no es un “parque temático” de la electrónica sino un espacio de reconocimiento mutuo, de barrio temporal en mitad de un castillo.
Viernes: bandera, híbridos y un calor que no perdona
El arranque del viernes tuvo algo de ritual de bienvenida. Llegan las primeras tiendas, los primeros abrazos, el mapa de sombras, la barra como punto cardinal. Conforme cae la tarde la música toma volumen y la cosa deja de ser “warm-up” para convertirse en una declaración. El set híbrido de Alejandro Molinari—productor venezolano que cruza techno con ADN post-punk y cold wave— fue el punto de inflexión: cuerpos todavía tanteando terreno que, de golpe, encuentran su eje. Molinari es de los que esculpen la tensión en directo; canta en varios idiomas, maneja timbres ásperos y crea esa sensación de “película nocturna” que te agarra y no suelta. Sobre piedra vieja, su electrónica introspectiva ganó relieve, con breaks a contra-luz que parecían abrir columnas de aire en mitad del polvo.
La imagen del día, sin embargo, fue otra: una gran bandera de Palestina desplegada antes del set de Arabian Panther, y que permaneció colgada durante todo el festival. No fue oportunismo; fue congruencia con un artista que ha hecho de la memoria y la diáspora su lenguaje, que se presenta enmascarado con kefia y que combina percusión a 90 BPM con latigazos Italo Body Music, EBM y techno para plantear un viaje de BPMs y temperamentos. La respuesta del público fue inmediata: puños arriba, gritos, lágrimas discretas. Hubo baile, claro, pero sobre todo hubo costura; el recordatorio de que la pista puede ser, también, un lugar de cuidado político.
La noche del viernes terminó con esa mezcla contagiosa de energía alta y calidez comunitaria: los voluntarios circulando, el backstage como patio de vecinos, y la sensación —tan NOUS— de que no estás “asistiendo” a un espectáculo, sino participando de un encuentro. La escenografía natural del castillo hizo el resto: pequeñas corrientes de aire que llegan a tiempo, la piedra respirando humedad, las luces formando un collar sobre el muro.


Sábado: convivencia, ola de calor y un cierre sin paredes
La mañana del sábado fue vida de camping: desayunos lentos, conversaciones que se estiran, siestas a la sombra de carpas improvisadas. En el recinto, los voluntarios trabajan con esa fluidez que solo se consigue cuando el procedimiento es claro y, a la vez, la gente se siente parte —no “cliente”— del evento. La ola de calor exigió inteligencia a los artistas y al público: tempos que se mueven en umbrales cómodos durante la tarde, hidratación en modo mantra, celebraciones a media luz.
A medida que el sol cae, el sábado se vuelve eléctrico. Javi Redondo entra en escena con ese eclecticismo que lo ha llevado de Nitsa y Mondo Disko a Panorama Bar o Rex; un selector que hace que rarezas downbeat convivan con pulsos de pista sin que nadie note la costura. En Bellocq, su narrativa se adaptó a la topografía: arranque con fricción lenta, capas melódicas que quitan hierro al calor, y luego un ascenso paciente hacia el prime time. El muro del foso devolvía frecuencias medias con una calidez poco habitual; ideal para esa zona gris donde la psicodelia y el groove se dan la mano.
Más tarde, Warum recogió el relevo con su firma mínima, coleccionista, casi arqueológica: classic tracks y pepitas ocultas hiladas con precisión quirúrgica. En una década de crate-digging ha construido un sonido propio —delicado, melódico, increíblemente percusivo— que aquí funcionó como una brisa que despeina y ordena a la vez. En un festival que apuesta por el cuidado, su set encarnó justo eso: mantener la temperatura emocional en la zona óptima mientras la física nos ponía a prueba.
Y entonces llegó Roe Deers. Lo del lituano Liudas Lazauskas fue una lección de cómo cerrar sin fórmulas: un final “desestructurado y magnífico”, como lo definió la propia organización, que jugó a abrir ventanas en vez de bajar persianas. Entrada con pulsos elásticos que recordaron su historia entre Turbo Recordings, Omnidisc o Throne of Blood, y después ese serpenteo entre new beat apolillado, líneas EBM que muerden y humor balcánico de madrugada. La luna llena asomó como si el rider la hubiese pedido; sobre el césped se formaron islas de baile y en la tarima la sensación era de anarquía controlada, de fun sin manual de instrucciones. Cierre de festival dentro del festival.


Domingo: la casa es de todos
El domingo es, en NOUS, el día del equipo y del territorio. Por la mañana, la plaza del pueblo recibe el **concierto gratuito de Alex Rossi y el desayuno solidario a favor de la asociación BIIPP; gesto sencillo que habla alto del vínculo con Bellocq y de un festival que entiende que la cultura se sostiene con comunidad, no solo con taquilla. En el castillo, la jornada arranca entre confidencias y recados de última hora, con Bass-ka, El Mosquetero y Rem’s Martinez tomando el control en clave familiar, como diciendo: “esto también es casa”.
El momento de Yahaira tuvo textura de regalo. La barcelonesa —que ha pasado por Primavera Sound, Off Sónar, BBK Live, Kater Blau o Sala Apolo— entiende el tempo social de un cierre: house con acidez bien medida, curvas indie dance, una capa techno que asoma y se recoge. En Bellocq, su mezcla de energía y amplitud estilística hizo de puente perfecto hacia el último acto.
El broche, a cargo de Un Mensonge Par Jour, fue ese rizo final que te coloca el nudo en la garganta sin renunciar al baile. El dúo juega con la idea de la mentira cotidiana para devolver verdad en forma de ritmo terco; aquí cuajó un cierre que puso a todos de acuerdo antes del saludo institucional —un guiño de la alcaldesa— y la despedida sin dramatismo: a recoger con calma, a prometer “hasta el año que viene”.


Más allá del line-up: el método NOUS
NOUS ha encontrado la escala y la gramática. La bastida como foro diurno donde la gente charla, come, se reencuentra; el foso como cavernilla sensorial en la que el sonido se pega a la piedra y los cuerpos se dejan escribir por los bombos. Esa dualidad no es un simple “segundo escenario”: condiciona cómo se programa, cómo te mueves, cómo respiras. El festival asume esa arquitectura y, a partir de ahí, programa narrativas antes que “nombres gordos”. Por eso funciona que Javi Redondo pinte con matices o que Warum coloque joyas atemporales; por eso tiene sentido que Roe Deers rompa las paredes del cierre; por eso encaja que Arabian Panther despliegue un símbolo que va más allá del slogan.
La eco-responsabilidad —vasos reutilizables, sensibilización, partners como Solar Sound System y EcoloCup— no se siente como “capítulo aparte”, sino como una capa más del relato: bailar para anclarnos en el mundo, no para escaparnos de él. Ese lema, tan sencillo, es la verdadera singularidad del festival. Y se nota en pequeñas decisiones: horarios que respetan el entorno, un aforo que no empuja, la presencia de productores y artesanos locales, la idea de que la barra también es lugar de conversación y no solo de tránsito.
El sold out por segundo año seguido confirma que la demanda existe para este tipo de formato: máximo mil por día, sin colas absurdas, sin perderte a tus amigos durante horas, sin sacrificar sonido por meter una fila más de público. Y, a la vez, sin caer en el purismo: aquí conviven la pulsión club y la vocación popular (ese domingo abierto a todo el pueblo no es un adorno). La programación internacional —de Alejandro Molinari a Roe Deers, de Arabian Panther a Yahaira— se entreteje con los locales (desde Bass-ka y Raky a Un Mensonge Par Jour) para narrar un territorio que no se mira el ombligo.


Momentos que se quedan
La bandera ondeando al viento de la tarde, el keffieh negro, y una sensación clara: a veces la pista es la plaza. (Arabian Panther).
El muro del foso devolviendo un bajo de Javi Redondo que parecía hecho de cal y arena, perfecto para esos instantes en que el sol perdona y el cuerpo decide volver a apostar por el sudor.
La risa de Yahaira al encontrar un blend imposible y ver cómo, a veinte metros, tres generaciones bailaban lo mismo por razones distintas.
El cierre de Roe Deers, sin “tema himno” ni artificios, sosteniendo la intensidad a base de curvas y sorpresas.
El domingo con la alcaldesa saludando y esa mesa larga de la organización: vasos de cartón, sobremesa de foso, abrazos que son promesas.
Un apunte final sobre curaduría
Si algo define a NOUS es la confianza en el oído. No hay carrera por la primicia ni voluntad de perseguir el trending del mes. Hay, en cambio, una mirada que entiende la música de baile como ecología: sistemas que se afectan mutuamente —intimidad y masa, pasado y vanguardia, internacional y local— hasta construir un equilibrio. La invitación a Roe Deers no busca la firma del “cabeza de cartel” al uso; su cierre “sin paredes” resume el espíritu del festival. Arabian Panther no es booking para la foto, sino la pieza que completa el posicionamiento del viernes. Javi Redondo y Warum no vienen a “rellenar huecos”, sino a dar textura a una jornada que debía atravesar una ola de calor sin perder finura. Y Yahaira opera como vector de cierre, puente social entre los ritmos de club y la conversación de sobremesa.
Veredicto
NOUS 2025 consolida lo que ya era evidente: que se puede hacer un festival internacional en escala local, que la belleza de un castillo medieval no compite con la electrónica sino que la afina, y que el baile —cuando se programa con propósito— ayuda a anclar a la gente en su territorio. Entre bastida y foso, entre bandera y luna llena, entre cierre sin paredes y domingo compartido, Bellocq volvió a demostrar que la cultura, cuando se cuida, no necesita gritar para hacerse escuchar. Y que, a veces, solo hace falta repetir en voz baja lo que da título al festival: NOUS —nosotros—, para que todo vuelva a tomar forma.
Artistas citados: Alejandro Molinari, Arabian Panther, Javi Redondo, Warum, Roe Deers, Yahaira, Bass-ka, El Mosquetero, Rem’s Martinez, Un Mensonge Par Jour.















